Audiolibros LibriVox
El signo interior
Mi hermana Florencia-—me contaba Mario era la alegría de la casa y la tristeza de sí misma. Después de loquear, de re…
El nadador
Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los felig…
A María
¿Qué es esto que hay en mí?... Si ayer mi pecho
tranquilo y libre de temor latía,
¿por qu&eac…
A E...
¿Dónde aprendió, mi bien, tu dulce acento
a modular la célica armonía
que a torrentes inunda …
El misal rojo
En la cúspide del inmenso Árbol de la Vida floreciste. ¡Salve, por heroica, celebrada por las heridas que besan amoros…
La dicha de vivir
Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús, conversaba con Felipe, mi…
El espítitu nuevo
En un barrio mal afamado de Jafa, cierto discípulo anónimo de Jesús disputaba con las cortesanas.
-La Magdalena se…
El hospital de Pen-Bron
Intervalo
¿Te dijeron que durante tu ausencia vivía sola, huraña y fiel, con un gesto de impaciencia y de espera?... No lo crea…
El entierro
Una salita cerca de la calle Edware
Fue durante la decimoquinta sesión anual de la Sociedad Gastronómica de Berlín cuando el presidente, Herr Prosit, hizo…
Natación
He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el …
En el insomnio
El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las s&aacu…
Tomás y el desván
El “Desván” estaba totalmente en silencio, con ese silencio que se va haciendo pesado como si un manto de plomo pesara sobre tu cab…
El velo del templo
Era un Jueves Santo por la noche.
Habían acabado las ceremonias de la tarde, y tras un día de fatiga y de calor, yo, joven se…
La sirena
Desde la popa de uno de los buques de corto calado que pueden acercarse a Campeche, la ciudad mural parece una paloma marina echada sobre …
Silencio
Hijo mudo de la soledad y del misterio, tú eres el esposo esperado de la noche, el amigo ansiado de los que padecen, de los que n…
El conejito
A un conejito se le ocurrió echar a correr.
Corría y corría, y no dejaba de correr.
Corría tanto que pronto se e…
Un hogar en el árbol
Un día Nita vio un nido en el árbol que había junto a su ventana.
-¡Toñito! -dijo a su hermano-. Se ve un …
La sepulturera
I
— ¡Ahí tienes la cena! Yo no tengo ganas.
—Pues están muy apetitosas las chuletas, y el arroz huele a gloria... &ique…